La plaza nueva y las tuberías que nadie quiso cambiar

La ciudad estaba preciosa. Habían inaugurado una plaza espectacular. Suelo de piedra natural. Fuentes con iluminación. Bancos de diseño. Árboles recién plantados. Los periódicos hablaban de la transformación del centro. Los vecinos hacían fotos. Todo el mundo coincidía.

—Ha quedado increíble.

Un ingeniero que pasaba por allí sonrió y dijo algo que nadie entendió.

—Qué pena.

La gente le miró sorprendida.

—¿Pena? ¿No ves cómo ha quedado?

El ingeniero respondió:

—Sí. Pero debajo siguen las mismas tuberías de hace cincuenta años.

Hubo un silencio. Continuó.

—Dentro de unos años habrá que levantar toda esta plaza para cambiarlas. Lo caro no será sustituir las tuberías. Lo caro será destruir una plaza nueva porque nadie quiso hacer primero el trabajo que no se veía.

Nadie respondió. La plaza seguía siendo preciosa.

Hay algo en esa historia que no he podido dejar de ver desde entonces en algunas empresas.

Celebramos las aperturas. Las cifras récord. Las adquisiciones. Los nuevos mercados. Los crecimientos de dos dígitos. Porque eso es lo que se ve.

Lo que no se ve son los procesos que nadie ha revisado. Los sistemas que ya no escalan. Los mandos intermedios que nunca se han desarrollado. La cultura que empieza a deteriorarse. Las decisiones que se toman pensando en el próximo trimestre y no en los próximos cinco años.

Esas son las tuberías.

Y, como ocurre en la ciudad, renovarlas no da titulares. No hay inauguraciones. No hay fotos. No hay aplausos. Solo mucho trabajo. Por eso resulta tan tentador dejarlo para más adelante. Hasta que un día deja de ser una decisión. Se convierte en una urgencia. Y entonces toca romper una empresa que parecía funcionar para reparar aquello que llevaba años deteriorándose por dentro.

Cada vez estoy más convencido de que el liderazgo no consiste solo en conseguir resultados. Consiste en decidir qué problemas resuelves hoy… y cuáles decides no dejar a quien venga detrás.

Porque hay directivos que solo construyen plazas. Consiguen resultados visibles, generan titulares y ofrecen una imagen de progreso que todos celebran.

Hay otros que solo cambian tuberías. Dedicados a ordenar, profesionalizar y reforzar los cimientos de la organización. Su trabajo es imprescindible, pero rara vez recibe reconocimiento porque casi nadie ve sus efectos a corto plazo.

Pero luego están los mejores.

Los que entienden que una empresa necesita las dos cosas. Deciden construir la plaza y cambiar las tuberías al mismo tiempo. Van más lentos porque no se saltan pasos. Tardan más en cortar la cinta inaugural porque primero se aseguran de que aquello que nadie verá también esté preparado para durar. Escuchan la presión de quienes exigen resultados inmediatos y, aun así, no ceden. No porque no entiendan la urgencia, sino porque saben distinguir entre lo urgente y lo importante. Avanzan sobre seguro, aunque eso signifique avanzar más despacio.

Los primeros reciben los aplausos hoy.

Los segundos hacen el trabajo invisible.

Los terceros construyen organizaciones capaces de seguir creciendo dentro de diez años.

Porque entregan belleza por fuera y solidez por dentro.

Y eso, aunque exija más paciencia y vaya más lento, es la máxima expresión del liderazgo.


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