El dashboard que se comió al director comercial

La empresa fue creciendo.

Y llegó un punto en el que el dueño no podía con todo.
Había tocado todas las teclas: ventas, operaciones, equipo…
Pero ya no daba para más.

Así que tomó una decisión: fichar a un director comercial.

Cuando Juan —así se llamaba— entró, lo vio rápido.

No se medía prácticamente nada.
No había KPIs, ni referencias, ni forma de saber qué estaba pasando.

Lo primero que hizo fue construir un dashboard, con la ayuda de un técnico.
Nada sofisticado. Lo básico.

No quería ir a ciegas, así que empezó a medir.

Al principio, lo esencial: leads, reuniones, propuestas entregadas, cierres…

Y eso lo cambió todo.

Empezó a ver cosas que antes no veía, a entender mejor el proceso y a tomar decisiones con más criterio.

El dueño lo notó enseguida.

—Ahora sí entiendo lo que está pasando —le dijo.

Pero Juan no se quedó ahí.

Pensó:

—Seguro que hay más cosas que se nos están escapando.

Y añadió más indicadores.
Y más
Y más

Porque la información engancha.

Empiezas a entender un poco… y quieres entender más.
Cuanto más sabes, más quieres saber.

Como decía aquel anuncio:
“Cuando haces pop, ya no hay stop.”

Pronto tenía dashboards por todas partes, informes detallados y datos de todo tipo.

Juan se sentía cómodo ahí.
Seguro.
Con sensación de dominio.

Se lo enseñaba al dueño con orgullo:

—Mira todo lo que tenemos ahora. Había más información, más visibilidad, más sensación de control.

Y al principio, parecía una mejora.

Pero poco a poco empezó a pasar algo curioso.

Cuantos más datos tenía… más dudas le surgían.

—¿Este indicador es bueno o malo?
—¿Por qué este baja y el otro sube?
—¿Dónde debería centrarme realmente?

Y cada decisión le costaba más.

Y eso el dueño lo notó.

—Juan —le dijo un día—
estamos mirando más… pero no lo estamos viendo claro.

Hubo un clic en el cerebro de Juan.

Lo vio claro.

No le faltaban datos, le faltaba claridad.

Así que hizo algo inesperado.

Redujo indicadores, simplificó el dashboard y se quedó con lo que realmente le ayudaba a decidir.

Dejó fuera todo lo que no le aportaba claridad.

Y de repente se hizo la luz.

Empezó a mirar menos…
y a decidir mejor.

Entonces lo entendió.

Porque todo lo demás solo añade ruido.
Y el ruido, cuando decides, siempre resta.

Y ojo: esto no va de medir menos.
Va de saber qué mirar en cada momento.

Los datos son imprescindibles.
Pero en el día a día, demasiados datos no ayudan a decidir… ayudan a dudar.

Y en ventas, decidir tarde suele costar muy caro.


Categorías: Etiquetas: ,

Deja un comentario