En el umbral de tu declive

De la noche a la mañana la empresa para la que trabajaba Rafael vendiendo marcos de plata cerró. Fue un golpe duro e inesperado. Rafa había estado treinta años dedicándose a ella en cuerpo y alma, nunca había tenido la necesidad ni la intención de buscar otra cosa. El barco se había hundido y allí estaban él y sus compañeros nadando en busca de un madero al que asirse para no ahogarse.

Le llevó unas semanas recuperarse del choque emocional que había supuesto dejar atrás el empleo que le había sustentado a él y a su familia durante tanto tiempo. Una vez asimilado dicho contratiempo, Rafa se puso a buscar empleo de vendedor, lo que había hecho toda su vida. “Vendedores se necesitan en todas partes, así que no me resultará difícil” – pensó él. Pasaron los meses y se sucedieron algunas entrevistas (no demasiadas a pesar de la gran cantidad de currículums que había enviado) y el resultado de las mismas siempre tenían un denominador común: el silencio, la indiferencia, el rechazo. Rafa no había tenido en cuenta que sus cincuenta años recién cumplidos iban a ser, desgraciada e injustamente, una gran losa.

El tiempo pasaba y su inquietud iba en aumento, apenas había movimiento, tan solo oía su eco como respuesta a sus esfuerzos. Su angustia se acrecentaba y poco a poco fue sumiéndose en un estado de desesperanza absoluto. Un día, mientras se afeitaba y con los ojos puestos en el espejo, cometió el error, inevitable por otra parte, de valorarse a sí mismo. No le gustaba lo que veía, se veía viejo, fracasado, “a estas alturas del partido ya tendría que tener mi vida totalmente encarrilada, solucionada”-se repetía a sí mismo, una y otra vez. Esta sensación de “estorbo social” no era infundada, esta sociedad actual que estigmatiza la mediana edad se lo había grabado en su mente con hierro candente.

Rafa siguió buscando la puerta que le condujera de nuevo a la dignidad perdida, ésa que se empeñaban en cerrarle constantemente en las narices. Ocurrió que un día le llamaron para mantener una entrevista que había conseguido a través de un contacto suyo. Su entrevistador era un profesional prácticamente imberbe cuya experiencia laboral no debía ser muy vasta, a juzgar por su tierna apariencia (no pasa nada, nadie nace con experiencia). Rafael, no obstante, se sintió un tanto incómodo al principio, dos generaciones diferentes buscando un punto de encuentro común. Pero a medida que transcurría la entrevista Rafa fue, como buen vendedor, capaz de metérselo en el bolsillo y el entrevistador acabó confesando: “Rafael, te estoy entrevistando porque me lo ha pedido Juan, nuestro amigo, pero la empresa que nos ha contratado para la selección no quiere gente tan mayor”.

Rafael salió de la entrevista desolado, la pequeña luz que se había encendido en su interior con la esperanza de encontrar trabajo había sido apagada violentamente. Llegó a casa con la autoestima por los suelos, saludó a su mujer avergonzado de sí mismo, se encerró en la habitación y comenzó a llorar incontroladamente intentando en vano que nadie lo oyera, ni su esposa ni sus dos hijos. Había tocado fondo. Fueron probablemente las dos horas más duras de su vida pero también las más decisivas. En ese tiempo, y después del desconsuelo más absoluto, tomó la decisión que iba a marcar el resto de su vida: iba a coger las riendas de su propia vida, iba a hacerse empresario. No iba a depender nunca más de terceros, él y sólo él iba a forjar su propio destino.

Rafael le contó el proyecto a su mujer y ésta le apoyó (qué importante es que las parejas se apoyen). A través de un joyero al que antiguamente le había vendido marcos de plata consiguió el contacto de un fabricante de plata en Córdoba, así que tras capitalizar lo que le quedaba de paro (medida que pretende incentivar el autoempleo y que consiste en cobrar de forma anticipada la prestación por desempleo pendiente) Rafa se lio la manta a la cabeza y encargó unos diseños de joyería que vendería a su red de contactos.

Su mayor activo era la cartera de clientes que había creado con esfuerzo y dedicación a lo largo de los años vendiendo marcos. Además sabía quién pagaba bien y quien no (detalle éste de vital importancia en cualquier negocio de nueva creación a pequeña escala). La aceptación de los clientes al nuevo producto era buena, independientemente de lo que trajera Rafael le iban a dar una oportunidad, se lo merecía.

La mercancía empezó a gustar al cliente final y esto le aportó una gran dosis de moral, el cliente repondría. Sin embargo, decidió ir poco a poco consciente de que un crecimiento demasiado rápido y sin dinero para respaldarlo podría descapitalizarlo (él pagaba la mercancía al contado y el cliente a 30-60-90 días) y morir de éxito (qué contradicción, ¿verdad?). Gracias a su edad y experiencia (aquella que descartan algunas empresas) tomó la decisión de vender menos pero no asumir tantos riesgos. Su constancia y tesón le llevaron a un crecimiento sostenido y llegó el momento en el que tuvo que empezar a contratar vendedores para que vendieran en otras partes del país.

¿A quién contrató? A los mejores en base a aptitudes y actitud pero nunca teniendo en cuenta la edad, que dice poco por no decir nada. A día de hoy, diez años más tarde, Rafa es lo que consideraríamos un hombre de éxito (profesionalmente hablando), tiene una empresa con nueve trabajadores de diversas edades que factura aproximadamente un millón y medio de euros anuales. Seguramente no aparecerá entre los más ricos que publica la Lista Forbes junto a Jeff Bezos o Amancio Ortega pero te puedo asegurar que en su casa es todo un héroe.

Dos mensajes muy breves:

Para las empresas: Las empresas están formadas por equipos y un equipo basa sus fortalezas en la diversidad. Sus componentes interactúan, discuten y piensan de forma coordinada unidas por un objetivo común donde cada uno aporta su propia visión y experiencia. Esa diversidad pasa también por la edad, así que nunca subestimes lo que te puede aportar un sénior (cantidad de conocimientos considerable, más experiencia, mayor estabilidad emocional, metas más claras, mayor fidelidad, paciencia, etc.).

Para los miles de Rafas: ¡Coge el toro por los cuernos y pon tú las reglas a partir de ahora! ¡No te vengas abajo, no te lo mereces!

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8 Comentarios

  1. Ramón,

    Más un gran texto, muy triste pues es la realidad que veo pasar con algunas personas conocidas. Lamentablemente ni todos tienen un dinero (que sea del paro) para sacar la vida adelante. Pero, lo que no se puede permitir, jamás, es que el desanimo tome cuenta de la cabeza. Hay que resistir y buscar alternativas, alguna puerta tiene que abrir.
    Lo estoy compartindo.
    Muchas gracias.
    Un saludo.
    Roseana

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  2. Debo confesarte que en un primer momento me asusté, porque pensé que estabas hablando de ti y estuve a punto de tomar el teléfono para llamarte. Pero bueno, gracias a Dios que la historia tiene otro protagonista que no eres tú y que ha tenido la gracia de salir adelante.

    Todo lo que cuentas en el post es, lamentablemente, muy cierto. Incluso para mucho de los más jóvenes, los veteranos representamos una seria amenaza y quizás sea esa la primera barrera que nos bloquee el paso.

    Pero es como tú dices, hay que tomar el control de las cosas y tirar hacia adelante.

    Muy bueno tu post, Ramón. Me ha encantado y lo comparto con gusto.

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  3. Ramón, me ha encantado el artículo, humano y real, seguramente basado en alguien conocido por ti, aunque conociéndote hayas cambiado nombre y sector.

    No es sencillo hacer lo que hizo Rafa y creo que en nuestra sociedad no está en absoluto valorado realizarlo. Pasó de estar condenado a ser mantenido a ayudar a mantener a 9 familias de modo directo.

    Esta sociedad necesita muchos Rafas y, sobre todo, que se les vean como lo hace su familia: cómo héroes y no como lo hacen nuestros políticos: como cajeros automáticos.

    Gracias por el artículo

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