El cabrón que aprendió la lección

Todo efecto tiene su causa, y cada causa su efecto, todos lo sabemos, es lo que varias religiones índicas denominan Karma. Todo lo que hacemos, positivo o negativo, acaba volviéndonos.

Si hubiéramos preguntado a Víctor apenas un par de años atrás nos hubiera dicho con gesto altivo que eso del Karma son patrañas, cuentos infantiles para niños crédulos. ¿Lo son?

En 2015 Víctor entró a trabajar en una empresa de venta de alarmas a puerta fría. En tan sólo un año había ascendido a jefe de equipo. Se había cumplido lo que le habían dicho al principio, que si lo hacía bien en poco tiempo podría tener su propio equipo de ventas y ganaría suficiente dinero como para comprarse ese BMW que le etiquetaría como triunfador. Ahí estaba Víctor, al frente de seis vendedores, a lomos de su nuevo deportivo rojo.

Su ascenso se había producido por méritos propios, no había sido un regalo precisamente. Había pasado un año francamente duro en el que había aprendido mucho y, desgraciadamente, no todo bueno. Poco a poco la calle lo había ido deformando.

A pesar de haber visto caer a muchos de sus compañeros que habían entrado con él, Víctor no se andaba con paños calientes. Veía a su nuevo equipo como una herramienta que iba a servir a sus únicos propósitos, que no eran otros que ganar más dinero y seguir ascendiendo, subir la escalera de la felicidad que decía él.  Los exprimiría hasta que éstos no pudieran más, mano de obra con la que construir sus sueños de grandeza, peones al servicio del rey.

Uno de los vendedores a su cargo, que apenas llevaba un par de meses en la empresa y que parecía especialmente leído, Antonio, cuestionó sus tácticas en más de una ocasión y esto le granjeó convertirse en el blanco de la cólera de nuestro “benévolo” amigo.

Víctor comisionaba por las ventas de sus vendedores, así como por la suyas propias. Una de las funciones de Víctor era repartir contactos a los que ir a visitar de gente que había mostrado interés previamente y, como no podía ser menos, él se quedaba con los que entendía que tendría más posibilidades de cerrar la venta, dejando para el resto de su equipo, y en especial para Antonio (su ojito izquierdo) aquellos con menos probabilidades de éxito.

También se encargaba de llevar en su flamante coche a varios vendedores y soltarlos (cual ganado) por una urbanización determinada con el fin de “peinar el terreno”. Él, por supuesto, buscaría para sí una zona que hubiera estado menos visitada y, por lo tanto, con más opciones de venta.

De vez en cuando hacía algún acompañamiento para aleccionar a sus peones (en especial al listillo) y después de las visitas se jactaba con éstos de sus artimañas. A continuación lo que aconteció una vez que salió con Antonio:

  • ¿Viste cómo le cambió la cara a la vieja cuando le dije lo de aquella banda que había entrado en una casa y le habían dado una paliza a sus dueños?, jaja, ¡vaya cara que ha puesto la pringada, cómo no va a poner la alarma! Sigue mis consejos, – proseguía Víctor – húndelos en la miseria y después sálvales la vida.
  • ¿Y esa respuesta que has dado a la pregunta técnica que te han hecho? – preguntó Antonio- ¿es verdad?
  • Eres un ingenuo Antonio, ¡y yo qué sé! Lo importante es contestar, que no te vean dudar. Por cierto, espero que hayas aprendido cómo “tirar de firma”. Hay que actuar con agresividad, no dejes que el cliente tenga tiempo para pensar, la promoción se acaba ya.

A medida que pasaban los días, el despotismo de Víctor iba in crescendo y aunque su superior lo veía, éste hacía la vista gorda pues los resultados acompañaban. Sí es cierto que cada vez había más clientes descontentos (es lo que tiene el engaño) pero a corto plazo el saldo era positivo (hoy comeremos pan y ya veremos cómo gestionamos el hambre de mañana, parecían pensar). El desprecio de Víctor por su gente y por lo políticamente correcto llegó a tal extremo que un día Antonio lo llamó desesperado diciendo que le había mordido un perro en uno de los chalés a los que se había desplazado para vender una alarma. Cómo “buen líder”, Víctor le contestó que él no era su padre, que qué le contaba, que se fuera a un hospital.

Resultó que Antonio hizo caso a Víctor y acabó hablando con su padre, que a su vez habló con el Director General de la empresa de alarmas, amigos íntimos de la infancia y que a modo de favor personal había interferido para que Antonio entrará a trabajar con ellos y aprendiera la parte práctica de las ventas después de haber estudiado ADE. El cese de Víctor fue fulminante y el de su superior, el que había hecho la vista gorda, también.

De esta historia aprendemos que no todo vale, que en el trabajo, como en la vida, el fin nunca justifica los medios, que las mentiras y las malas prácticas no tienen cabida. La vida, tarde o temprano, te pagará con la misma moneda, tú decides el valor de la misma.

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4 Comentarios

  1. Buena reflexión Ramon. Las mentiras no llegan a ninguna parte. Gracias por publicar este testimonio que puede servir para orientar a los que se dedican a las ventas sin ninguna ética

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  2. En la mayoría de los casos sucede esto. A veces el “sufrimiento” de otro Victor fué pasajero y duró 6 años. Lo peor de todo es que no ha escarmentado, esos años no le han hecho meditar e interiormente hacerse una profunda cura de humildad.
    Al final concluyo diciendo que “… Quien nace lechón, muere cochino…”
    Feliz año 2.019 !!

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