Un cuento sobre la pérdida de valor profesional

Esto que te cuento sucedió hace algún tiempo pero en mi cabeza ha quedado grabado hasta este mismísimo momento. Es la historia de Jesús, un gran amigo mío que entró a trabajar en una empresa como director comercial cuando apenas contaba con 33 años. Era un paso notable en su carrera profesional pues aunque ya había pasado por puestos de responsabilidad éste, debido al tamaño y renombre de la compañía, se presentaba como como el mayor reto de su vida.

Jesús inició su nueva etapa con esa mezcla de sensaciones tan deliciosa que se produce cuando empiezas un nuevo proyecto de estas características: ilusión por un lado y cierto temor por otro. Temor a no cumplir las expectativas que han depositado en ti, temor a haber dado un paso quizá demasiado grande.

Tras un periodo largo de formación que le permitió entender el funcionamiento de la empresa, así como su misión, visión y valores, Jesús empezó a tomar pequeñas decisiones que rápidamente encontraron la férrea oposición de sus subordinados inmediatos: los distintos responsables de zona desplegados a lo largo y ancho del territorio nacional. Mandos intermedios curtidos en mil batallas que entendían que ese puesto debería haber sido ocupado por uno de “la manada”, por promoción interna. No comprendían, ni querían comprender, que Dirección hubiera ido al mercado en busca de un profesional externo. A fin de cuentas, ellos entendían que promocionar a alguien de dentro implicaba sólo ventajas: plantilla más motivada, conocimiento de la persona en cuestión, conocedor de la propia cultura empresarial, menor rotación de talento en busca de oportunidades de crecimiento, disminución de costes… En ningún momento contemplaban los inconvenientes que puede conllevar la posible promoción interna: limitación de candidaturas, hipotéticos conflictos entre los empleados pensando que no ha sido un ascenso justo, cubrir el puesto que queda desocupado, perder la oportunidad de incorporar personal con nuevas ideas…

Fuera como fuere, estos veteranos que habían conseguido sus galones vendiendo en domicilios y cuyo carácter se había endurecido (por eso habían sobrevivido) no iban a dejarse intimidar por los títulos. No iban a comulgar fácilmente con las decisiones del nuevo “niñato” que pretendía hacer cambios. No era un ambiente nada fácil. Hacerte con el favor de tu nuevo equipo con integrantes cuyo grado de “quemazón” es alto es francamente complicado, especialmente si eres joven, aunque estés sobradamente preparado (JASP que decía el anuncio de Renault). Jesús pasaba más tiempo en luchas internas que intentando incrementar las ventas, trabajo para el que le habían contratado. En un principio Jesús tenía el apoyo de su jefe directo, el director general, pero a medida que los problemas se iban agravando Jesús se sentía cada vez menos apoyado y esto hacía que la confianza en sí mismo se viera afectada, cada vez más. El director general no quiso entrar en guerra con los mandos intermedios, no quiso mancharse las manos. No estaba dispuesto a echar a los dos trabajadores que más problemas le estaban dando pues su amplia antigüedad en la empresa supondría un coste por despido muy alto cuyo importe no iba a asumir.

Además, el director general empezó a dudar de Jesús, al fin y al cabo apenas lo conocía, quizá pecara de cierta ausencia de inteligencia emocional, tan importante para liderar equipos. Los días pasaron y el ambiente se tornó irrespirable, a la empresa se le agotó la paciencia y Jesús acabo siendo…crucificado.

Fue un golpe muy duro para él, estaba desolado. El sentimiento de fracaso era absoluto. Recuerdo el día que me lo estaba contando mientas tomábamos una cerveza, él más de una. Jesús, aficionado a la bolsa, me dijo con una tristeza infinita: Me siento como un valor que se ha desplomado, hace menos de un año prometía muchísimo, mi cotización personal era altísima y hoy no valgo…nada, papel mojado. He sido una simple burbuja que se ha ido haciendo grande para acabar explotando.

Ese comentario no lo he olvidado jamás, me marcó sobremanera y más teniendo en cuenta que por esa época había acontecido el auge y caída de Terra (1999-2000) que estuvo tan en boca de todos. No supe qué decir en ese momento más allá de unas palabras de consuelo que poco consolaron; también yo era más joven.

A día de hoy, no obstante, sí hubiera sabido qué decirle y hubiera sido algo así:

  • Jesús, la bolsa, como la vida, tiene sus altos y sus bajos. Nada ni nadie está en alza permanentemente. Se trata de que cuando pasemos esos momentos en que sintamos (o nos hagan sentir) que hemos perdido valor como profesional, como persona, seamos conscientes de que es parte de un proceso natural, ley de vida. Tú, Jesús, eres personalmente una “empresa” sólida, estás preparado, eres responsable y eres persistente, es sólo cuestión de tiempo que las acciones que tú representas vuelvan a subir. No desesperes, no te centres en este momento puntual, mira tu desarrollo profesional, el gráfico de tu vida laboral, y verás que hasta la fecha has llevado una trayectoria ascendente. Con la perspectiva del tiempo esta experiencia quedará como una muesca en tu historial, y no como una de fracaso sino de superación, de haber vivido, de haber sufrido y de haberte enfrentado a la adversidad que tanto nos enseña. La bolsa, a ti que tanto te gusta, ha sufrido varios cracks a lo largo de su historia (1637, 1720, 1929, 1987, etc.) y siempre se ha recuperado. Déjame que te diga una última cosa Jesús: sólo si vendes tus acciones, si tiras la toalla, si pierdes la ilusión, si dejas de luchar, sólo si haces eso…habrás perdido, mientras tanto tan solo es un alto en el camino. No te dejes llevar por el pánico, es un mal compañero de viaje que poco razona y mucho ahoga.

A quien le interese, Jesús resucitó, no al tercer día pero sí al cabo de un año, y actualmente se encuentra trabajando como director general para una multinacional de reconocido prestigio. Hasta aquí el cuento que espero te haya gustado y algo te haya enseñado.

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5 Comentarios

  1. jajajaja… me viene como anillo al dedo, Ramón.

    Algún día tendré la oportunidad de contarte, pero mi viaje profesional ha sido un poco así al estilo del viaje de tu amigo Jesús.

    Tus palabras me han llegado igualmente a mi, de la misma manera que le habrían podido llegar a Jesús en su momento si tu hubieses sido más joven. Y creo que la veteranía y la experiencia demuestran su valía justamente en estos momentos.

    Lo que más valoro de nuestra carrera como vendedores es que nos dota de esa capacidad inagotable de levantarnos una y otra vez, cuando muchos sencillamente tirarían la toalla. Es lo malo que tiene el querer cerrar negocios con esa cuenta tan importante que representa una relación a largo plazo y una comisión espectacular por mucho tiempo, ¿no?

    Gracias por el artículo. Lo estaré compartiendo en la página del libro, por si te quieres pasar por allá.

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