Momentos de reflexión

La brisa corre suave meciendo las hojas de los árboles. Silencio casi absoluto tan solo quebrado por el trino de los pájaros que inunda el patio en el que se congrega un grupo de vidas apagadas con la mirada perdida en el horizonte.

Intento ponerme en el lugar de esas personas y adivinar qué ocupa sus mentes mientras se encuentran a la espera de la Llamada. Probablemente sea un repaso de la vida que un día fue y ya no es, un repaso a todo aquello que les hubiera gustado hacer y no hicieron, un repaso de todo aquello que les hubiera gustado decir y no dijeron.

Quizá me he dejado llevar por la paz del lugar y he empatizado en exceso con sentimientos ajenos pero es que es inevitable ponerte en una piel que tarde o temprano será la tuya.

Decido anticiparme y hacer balance de la vida llevada hasta ahora no sea que tenga que hacer alguna corrección antes de que sea demasiado tarde. Me viene a la mente el libro de Bronnie Ware titulado “The Top Five Regrets of the Dying” (Los cinco arrepentimientos más habituales de los moribundos) en el que nos habla de los remordimientos que asolan a las personas que se encuentran en el ocaso de sus vidas:

  • Ojalá hubiera sido valiente para vivir la vida que deseaba y no la que otras personas habían preparado para mí.
  • No debería haber dedicado tanto tiempo al trabajo sino a la familia.
  • Me gustaría haber mostrado más abiertamente mis sentimientos.
  • No debería haber perdido la relación con los viejos amigos, me hubiera gustado estar más en contacto con ellos.
  • Tenía que haberme permitido a mí mismo ser más feliz.

Por si fuera poco de fondo suena aquella canción melódica de Foreigner “I want to know what love is” mientras se llevan a los ancianos a cenar y yo me quedo solo en el patio, abrumado con mis pensamientos.

Hago un rápido repaso mental por todos los arrepentimientos que comenta Bronnie intentando averiguar en qué situación me encuentro. Concluyo que si respondo positivamente a la primera aserción difícilmente tendré remordimientos de conciencia después, a fin de cuentas… ¿de qué te vas a arrepentir si llevas la vida que deseas?

Y claro, la pregunta que me hago acto seguido es: ¿llevo la vida que deseo?

Pienso en mi familia, no puedo estar más orgulloso de ella, la base de mi felicidad. Quizás fallo un poco en mantener viva la llama de la amistad. Tomo nota, habrá que esforzarse un poco más en ese aspecto.

Recapacito sobre el trabajo, ¿disfruto con lo que hago? Más de veinte años dedicado a las ventas, una profesión que nunca fue vocacional. No era mi sueño, ni mi pasión. Tan sólo quería ganar dinero y crecer profesionalmente, nada épico.

Da igual, los motivos que te llevan dónde estás son irrelevantes, lo importante es cómo te sientes una vez allí- me digo a mí mismo. ¿Y cómo me siento? A gusto, tranquilo, en paz. Me doy cuenta de que la venta no es una profesión en la que puedes pasar de puntillas y comprometerte lo justo para llevar el jornal a casa. La venta forja tu carácter, te cambia por dentro, se convierte en un estilo de vida que, por cierto, a veces amas y a veces… odias.

Pienso si eso es malo y llego a la conclusión de que no lo es. Todo lo contrario, esa dicotomía amor-odio es la que me mantiene despierto, la que me atrae, la que me hace sentir. Es la indiferencia la que te entierra en vida.

En primer lugar me pregunto si esta profesión me enseña, si me hace crecer como profesional y como persona. Y es que valoro mucho el aprendizaje, me asusta envejecer en la ignorancia. Resuelvo que sí, que es una profesión en la que hay mucho que aprender, tan solo se trata de tener voluntad para ello.

¿Pero qué me ha dado realmente la venta? – me pregunto. Por un lado, una forma más que digna de ganarme la vida y por otro la posibilidad de desarrollarme profesionalmente. ¿Es eso suficiente? – vuelvo a cuestionarme haciendo de abogado del diablo conmigo mismo. No, no lo es, eso podría dármelo cualquier profesión. ¿Entonces?

Sigo pensando y de repente se enciende la bombilla: lo que más me gusta de la venta, lo que me fascina, lo que me mantiene enganchado a ella, es el componente psicológico que tiene. La dificultad (el reto) que entraña convencer a una persona de que tú eres su mejor opción pasa por entender su manera de sentir, de pensar, de comportarse. Pasa por comprender sus miedos a equivocarse, a perder su dinero, a que le engañen. Y ahí estás tú, gestionando todas esas emociones únicamente con el don de la escucha, la facultad de la palabra y la expresividad de tu cuerpo, de tu voz, de tus ojos. Nada de artificios, una mente contra otra en una pugna de igual a igual en la que ambas voluntades tienen que llegar a un franco entendimiento.

Ese conocimiento de las personas, de saber calibrar sus reacciones a tus palabras es, desde mi punto de vista, el principal valor que nos llevamos los vendedores. Una competencia que nos acompañará en todas las facetas de nuestras vidas y que nos hará sobresalir entre el resto de mortales.

Las risas de unos niños al otro lado del muro me devuelven a la realidad. La cara y la cruz de la moneda tan solo separados por unos bloques de hormigón, unos con un camino por recorrer y otros con el camino ya recorrido. En el medio estoy yo intentando averiguar si equivoqué el rumbo del mío. Definitivamente no.

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