Un recurso poderoso para llegar a las personas

¿Cuál crees tú que es nuestra primera seña de identidad? Te daré una pista: de pequeños nos lo bordan en la bata del cole, en la bolsita del almuerzo, hasta nos lo imprimen en el vaso. Sí, lo has acertado, nuestro nombre; aquél que nos pusieron al nacer y que nos acompañará el resto de nuestras vidas haciéndonos sentir únicos, especiales, diferentes al resto.

¡Y cómo nos duele cuando se toman nuestro nombre a la ligera! Aún recuerdo el enfado que trajo mi hijo a casa cuando era pequeño y una profesora sustituta lo llamó en varias ocasiones Román en vez de Ramón. ¡Tuve que acabar lavándole la boca con lejía! (a mi hijo, claro, no a la profesora).

¿Y por qué te cuento todo esto? Porque memorizar y utilizar el nombre de las personas con las que interactuamos es un recurso extraordinario a la hora de crear empatía con nuestros semejantes (sin repetirnos en exceso, por supuesto). De hecho, es uno de los principios básicos que describe Dale Carnegie en su libro “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas” publicado por primera vez en 1936 y que te recomiendo encarecidamente.

Déjame que te cuente una historia que me sucedió hace muchos años y que en repetidas ocasiones me viene a la mente de forma simpática.

Por aquel entonces yo trabajaba de director en dos academias de inglés que pertenecían a un grupo muy importante dedicado a la enseñanza. Tendría unas veinte personas a mi cargo entre profesores y vendedores. Yo reportaba al responsable de zona que se pasaba por los centros de forma habitual.

Por razones que no vienen al caso, por los centros que yo dirigía, pasaba a visitarnos, además del jefe inmediato que ya he comentado, uno de los “peces gordos” del grupo, un hombre de unos 50 años que en la escala jerárquica estaría por encima de unas 2.000 personas (¡ahí es nada!).

La primera vez que vino se presentó, uno a uno, a todos los trabajadores allí presentes con una sonrisa en la boca y amables palabras para todos. Causó una excelente impresión en todo el personal, la sensación de cercanía que transmitía era palpable. Lo curioso, sin embargo, vendría después con sus posteriores visitas. Cada vez que se pasaba, ocasionalmente, me llamaba antes para tomar un café y tener una charla informal previa a la reunión de trabajo.

¿Y qué hay de extraño en todo esto te estarás preguntando? Pues bien, antes de entrar me pedía que le recordara el nombre de todas las personas que allí trabajaban (descripción incluida para asociarlas) y que le indicara si a alguna de ellas le había ocurrido algún hecho relevante últimamente (nacimiento de hijos, enfermedad, etc.).

Después de realizar su ejercicio de memorización entrábamos al centro y saludaba por su nombre a todo el mundo e incluso mantenía una breve charla con aquellos a los que yo le había comentado algún tema personal (luego vendría lo estrictamente profesional).

¿Valía la pena el esfuerzo? ¡Vaya que si valía la pena! Dejaba a todos boquiabiertos, atónitos, pasmados. Esta sensación se acentuaba más incluso cuando lo comparaban con el responsable de área (de mucho menor rango) que, aun siendo un excelente profesional, no se tomaba todo ese esfuerzo en diferenciar a las personas.

Cuando se iba muchos me comentaban lo excelente persona que era, que cómo se preocupaba por todos y sobre todo…¡qué gran memoria tenía! Yo callaba y asentía, sin dejarlo con las posaderas al aire porque, en cualquier caso, alguien que se toma esas molestias en agradar a los colaboradores merece toda mi admiración y, por lo tanto, mi total apoyo.

Lo increíble era que esta cualidad tan positiva que tenía hacía que pareciera una especie de superhéroe en todo por la tendencia que tenemos los seres humanos de hacernos una idea general de una persona a través de un único rasgo, lo que se conoce como “efecto halo”. (o sea, que si alguien destaca en algo pensamos que destacará en todo, así de absurdo pero así de cierto). No te puedes imaginar el rédito que le daba esta técnica y viéndolo en perspectiva, con el paso del tiempo, estoy convencido de que esa actitud tuvo mucho que ver en su ascenso profesional.

¿Qué conclusiones extraemos todo esto? Que la humildad te hace grande y que todo empieza por algo tan sencillo como llamar a las personas por su nombre. Yo personalmente, y habiendo aprendido la lección, siempre hago un esfuerzo extra en recordar los de las personas que me acaban de presentar (sí, a veces no lo consigo, tengo que mejorar). A todos nos gusta que nos hagan sentir únicos y nuestro nombre es un primer paso hacia ese sentimiento de exclusividad, música celestial para nuestros oídos.

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